Brave New World

“Un Mundo Feliz”, de Aldous Huxley, 1932.

Es un libro visionario, de lo más acertado en cuestión de distopías. Es la antítesis de 1984, otro gran libro distópico, ya que presenta un totalitarismo aceptado felizmente por la inmensa mayoría de la población mundial. Es un libro que sin duda hay que leer, pues presenta paralelismos con la actualidad que nos hacen conscientes del camino que podemos seguir si seguimos por esa línea. Una distopía es eso, una llamada de atención a la sociedad, una advertencia que señala cual es el camino equivocado, que previene de llegar a vivir en un mundo sin humanidad.


1984 presenta un futuro en el que el totalitarismo de Hitler o Stalin ha sido llevado al límite, alimentado por el miedo y control férreo por parte de un gobierno semietéreo y represivo hasta los límites. Una sociedad con probabilidades de llegar a existir en la época en que George Orwell escribió la novela. Sin embargo, Aldous Huxley presenta una sociedad en la que todos sus miembros están, al menos, conformes con su vida, un sistema de castas basado en la tecnología y el placer para proporcionar una felicidad artificial a una población anestesiada y sin conocimiento alguno sobre qué es la vida. Es un sistema muy estable, como se dice en el mismo libro, diseñado para durar y evitar toda perturbación  sacrificando toda individualidad a cambio de una sociedad tranquila y en paz, sociedad nacida del trauma causado por una Gran guerra que asoló el mundo e hizo que la gente abrazara la comodidad y la estabilidad por encima de su libertad y la verdad; todo por la “paz”. La dosis de violencia fueron necesarias (siempre lo son para imponer algo), aunque rápidamente se sustituyeron para eliminar motivos de rebelión.

Tiene parecidos importantes con Farenheit 451, un libro que para mí es el más encaminado en la dirección que toma nuestro mundo a día de hoy. El soma sustituye en Un Mundo Feliz a la televisión en Farenheit, y añade un condicionamiento durante el desarrollo de las nuevas generaciones -dividas genética y fisiológicamente en castas desde su concepción en tubos de ensayo- para que sus inclinaciones sean en favor del “cuerpo social”. Como en las otras dos distopías, la cultura esta vedada, demasiado peligrosa para el equlibrio del sistema, pues crea seres con ideas propias, algo sumamente peligroso para una sociedad de borregos que principalmente son así por tener la cabeza vacía.

Desde luego hay que reconocer la inteligencia con la que están creados las pautas del gobierno mundial y los motivos detrás de las acciones de las instituciones de control; es magnífica. Si se llegara a dar la existencia de un condicionamiento parecido y la incubación de seres humanos como ocurre en la obra, nos veríamos sumidos en una realidad similar a la del libro. Huxley entiende bien como funcionan los medios de control de un totalitarismo, por agradable que sea, para someter a la población. La búsqueda de estabilidad lleva a crear cáscaras de personas y una vida artificial y vacía; llegando a tal punto que la familia deja de existir, sustituida por frascos donde se desarrollan los embriones bokanovskizados de las distintas castas, tratados para que cumplan llanamente con su función en un futuro, tras años de hipnopedia y condicionamiento neopavloviano. Aunque que la reproducción sea así es algo demasiado exagerado para mí, por el hecho de que es aceptado por la sociedad civilizada entera, aunque teniendo en cuenta la fecha ficticia en la que se desarrolla la trama puede considerarse verosímil. La verosimilitud es esencial en este tipo de literatura, pues la reflexón a la que invita es sobre la naturaleza de un sistema humano real y por lo tanto debe presentar algo que pueda llegar a suceder.


En esa civilización viven los protagonistas del libro, todos distinguidos en diferente proporción del resto del colectivo. Bernard ilustra como el no ser aceptado dentro del grupo te marca y hace diferente del resto. Pero esa diferencia es un espejismo, pues cuando por fin se le tiene en consideración abandona todos sus sentimientos de rechazo hacia los demás y su aislamiento. Un ejemplo de hipocresía y egocentrismo, ya que todo su Yo nace de la desconformidad con su vida, en cuanto está contento con su situación no alberga quejas contra el sistema que antes repudiaba. Helmhotz, por otro lado, sí tiene una personalidad propia real, fruto de su nivel intelectual superior y no del rechazo de sus semejantes, cosa que ser aceptado no puede cambiar. Bernard parece dar la razón a los dirigentes del mundo; si eres feliz no te planteas nada y sigues con tu vida. Al fin al cabo no nos preguntamos por qué nos pasan cosas buenas, pero sí nos preguntamos por qué nos pasan cosas malas.

Lenina muestra la cara romántica; como ésta está reducida al físico, pero también como el impulso del amor puede casi destruir el condicionamiento específico para eliminar pasiones que distraigan de una vida socialmente correcta.

John, el Salvaje, es una mirada cuerda sobre esa locura colectiva, capaz de citar a Shakespeare. Es el personaje que nos indentifica en la obra y que comprende la realidad y el horror de una sociedad tan alienada. Ni las palabras llenas de lógica del interventor mundial, Mustafá Mond, le hacen perder de vista los errores de esa “civilización”. Su final es muy realista, tal vez demasiado trágico, pero comprensible. No se puede luchar contra todo el mundo a la vez. La demencia incurable de los que le rodeaban le empujó al suicidio, comprendiendo que es inútil ofrecer resistencia pero negándose a aceptar esa realidad. John expresa nuestras opiniones sobre el régimen.


Esta novela, como las otras dos citadas, invita a reflexionar sobre nuestra sociedad; una sociedad cada vez mas dependiente de la tecnología y sumida en el consumismo, muy similar a la obra y más similar todavía a la de Farenheit 451. En nuestra mano, como individuos, está evitar ese aciago destino. Leer las tres distopías nombradas creo que es importante para cualquiera, pues aunque por separadas aportan mucho, juntas suplen sus carencias individuales y dan una visión más completa sobre lo que tratan.

Si queremos vivir de verdad es menester mantener vivo el pensamiento, nuestra personalidad, pues sólo eso nos hace libres, libres aun de seguir a alguien si así lo juzgamos correcto. Pero cuando se dejan de la lado la cultura, la propia individualidad, el experimentar la vida y se sustituyen por unos hábitos fáciles, cómodos e intrascendentes, que no nos hacen crecer… Entonces la distopía se abre camino.

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