Realidades virtuales

Hace tiempo vi en la televisión un reportaje sobre la realidad virtual. Los informáticos consiguieron que al colocar un guante sobre una mano, y gracias a una aplicación, la mano sintiera la lluvia cuando en realidad no la había. También desarrollaron una máquina que combinaba un visor de realidad virtual con olores artificiales que tampoco existían.

Todo esto me hace pensar que todas las sensaciones se reducen a impulsos nerviosos. Nos preocupamos por crear objetos que satisfagan nuestras necesidades, pero no pensamos que una máquina que genera simples corrientes eléctricas nos haría experimentar la misma sensación.

Entonces, ¿qué sentido tiene el mundo? ¿Todo lo que existe no podría haber sido creado por nuestro cerebro en forma de impulsos eléctricos? ¿El placer de comer un buen plato de comida, de oler una colonia o de escuchar nuestra música preferida para qué nos vale entonces? No apunto hacia un mundo totalmente irreal, pero sí hacia una actitud un tanto escéptica. ¿Cómo podemos demostrar ahora que lo que vemos, oímos o sentimos existe?

Como podemos observar, este tema trasciende del ámbito científico para introducirse en el filosófico o metafísico. ¿Qué es en realidad (valga la redundancia) la realidad? ¿Existe, es, o todo es algo puramente sensorial? A cuestiones parecidas llegaron científicos relativo‑cuánticos como Einstein o Heisenberg.

Cuando me enteré de la noticia se lo conté a mi padre para ver qué opinaba, y me respondió con una anécdota interesante: de pequeño, junto con un amigo, él había imaginado la creación de una empresa que garantizara la vida eterna. Para ello, y con el consentimiento del cliente, tras su muerte se le extraería el cerebro y se le conectaría a una máquina que le suministraría electricidad para que circularan impulsos nerviosos por el cerebro, haciéndole creer así que seguía vivo (lo que nos recuerda bastante a Abre los ojos de Amenábar). Esta historia hace cuarenta años parecía algo totalmente impensable pero a la luz de la noticia es bastante verosímil (dentro de unos límites, como es evidente).

Ante este descubrimiento los médicos neurólogos y fisiólogos tienen mucho que decir. Deberían explicar el funcionamiento de la maquinaria de nuestro sistema nervioso. Con esas investigaciones se adelantaría mucho trabajo y se progresaría en las investigaciones.

Al fin y al cabo, ¿no son los ordenadores un intento de imitación de nuestra compleja máquina? ¿Y los dispositivos como el ratón o el teclado no son más que nuestros sentidos? En conclusión, todo esto nos plantea los mismos interrogantes que los griegos se preguntaban hace unos 2.500 años. Muchos físicos cuánticos actuales coinciden en que más allá de la materia todo se reduce a mera información, datos binarios, como en informática. Esta teoría no es muy descabellada por todo lo que hemos expuesto hasta el momento. Esas películas de ciencia-ficción de androides y robots son cada vez más creíbles.

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